Una chica llamada Katya

– ¿Estaré haciendo lo correcto?, se preguntaba Katya una y otra vez.

Acababa de terminar una relación de años con el galán con el que se iba a casar.

Se llevaban bien, claro. Y nada más. Pero pasar el resto de tu vida con una persona con la que “sólo te llevas bien” es otra cosa. Y Katya no quería eso.

Sin embargo, sufría las secuelas emocionales normales de un termino de relación. Se preguntaba si no había hecho mal y ahora pagaría quedándose sola por el resto de su vida.

– Oh, querida Katya, aún tienes tanto por vivir, le decía su madre.

Pero Katya no lo entendía. Había pasado tanto tiempo en esa relación que ya no tenía idea de cómo socializar con personas nuevas. Cómo comportarse. Qué decir. Y más importante aún, qué no decir.

Y es que cuando pasas tanto tiempo en la misma relación, con las mismas personas, es como cavar un hoyo del cual resulta bastante complicado salir cuando todo ha terminado.

Pero Katya no se iba a rendir tan fácil. Empezó a contactar a viejos amigos. Amigos con los que coincidimos en algún punto de nuestra vida pero que nunca nos dimos el tiempo de conocerlos mejor.

Ahí recordó a Jonathan. Un chico que conoció en la universidad.

Y empezaron a salir.

Él le contó de las cosas que había hecho en su vida. De los libros que había leído. De los lugares que había visitado. De las personas que había conocido.

Ella le platicó de su relación. De los planes de boda. De la familia ideal. De los sueños que se quedaron en el camino. De lo que quería hacer ahora que era libre.

Y a partir de ahí, Katya nunca volvió a ser la misma. Comenzó a leer. A viajar. A soñar.

Empezó a cuestionarse si de verdad había vivido todos esos años en los que su única meta había sido casarse y ser la ama de casa ideal.

Pero así es la vida. Un momento estás planeando la boda de tus sueños para días después darte cuenta de que esa no es la vida que quieres.

Y quisiera decirte que desde entonces Katya vive la vida de sus sueños. Que encontró a otro galán, que se dieron cuenta que eran almas gemelas y vivieron felices para siempre. Pero no. Porque la vida no es así. Está llena de reveses y volteretas inesperadas. Siempre esperando a la vuelta de la esquina.

Lo que sí te puedo asegurar es que, una vez que Katya entendió de qué iba la vida, esta nunca volvió a tomarla desprevenida.

Se dio cuenta de que sí, uno nunca sabe lo que va a pasar. Pero siempre podemos aprovechar esos momentos para crecer. Para cambiar. Para mejorar.

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