
Hay que aclarar algo: todos tenemos problemas. TODOS. Te lo juro. El presidente. Tu jefe. El Papa. Di Caprio. Tu novia. Tu vecino. Tus tíos. Todos.
Y no me refiero a problemas en el sentido convencional de la palabra. Sino definiendo problema como cualquier situación de vida que demanda una respuesta de nosotros. Desde esa perspectiva, cualquier situación es en sí un problema. Y todo problema tiene dos posibles soluciones: acción o inacción. Y así, hay problemas que simplemente decidimos ignorar porque sentimos que son irrelevantes para nuestra vida o porque nos da miedo admitir que los tenemos.
Pero te diré una verdad incómoda, como casi todas las verdades:
La mayoría de los problemas que nos aquejan y nos producen estrés tienen una solución que ya conocemos pero que nos da miedo ejecutar porque requieren decisiones duras e inteligentes.
Así es. Decisiones duras e inteligentes.
Dejar a tus amigos con los que te reúnes cada fin de semana porque en realidad no te aportan nada. Dejar a tu novia por la que ya no sientes nada pero que no sueltas por miedo a quedarte solo. Dejar ese trabajo que no te gusta tanto pero del cual te aferras por miedo a perder la antigüedad. ¿En serio? No mames.
Si tienes un filtro tan pobre para que cosas de ese nivel te den vueltas en la cabeza por mucho tiempo, tienes un gran camino por recorrer mi querido saltamontes. Te aseguro que venimos a resolver cosas más grandes. Más trascendentales.
Dicen que la vida es una serie de problemas que vamos resolviendo a lo largo del tiempo hasta que termina nuestra presencia física y terrenal. Y no sé tú, pero si algo de esas teorías es real prefiero que la mayor parte de mi vida esté llena de problemas relevantes.
Y sí, hay de problemas a problemas. Hoy te quiero hablar de un tipo de problemas que creo son los que venimos al mundo a resolver. Problemas bonitos me gusta llamarles. Y es tan solo lógico pensar que son reales. Porque así como hay películas buenas y películas malas. Comida buena y comida mala. Lugares bonitos y lugares feos. Así hay problemas feos y problemas bonitos.
Un problema bonito no es aquel que no te causa estrés o te genera presión. Sino es aquel que a pesar de todo eso, te produce una satisfacción tremenda al resolverlo. Aquellas situaciones que sientes que has nacido para resolver. Que a pesar del estrés te gustaría tener más de esos problemas. Pero no sólo son problemas que te generan satisfacción sino que también tienen un impacto positivo en ti y en los demás. Problemas cuya solución suele tener un impacto profundo e importante.
Y es que una buena vida no consiste en vivir sin problemas, o estrés, o presiones. Sino en vivir con problemas que te guste resolver. Que te apasione trabajar en ellos hasta el cansancio. Una vida sin problemas no es posible. Y de serlo, sería una vida tan aburrida que no le desearías ni a tu peor enemigo.
Pero si tu mayor preocupación es conseguir boletos para tal concierto o juntar dinero para comprarte los tenis de moda, así será tu vida. Si todos los días llenas tu mente con problemas del tipo “qué ropa me pongo” o “qué serie voy a ver cuando termine esta”, es normal no tener espacio para tener mejores problemas.
Lo mejor es que nosotros decidimos qué clase de problemas tener. Hay que trabajar para que cada vez tengamos mejores problemas. Problemas más bonitos.
Pero primero pregúntate:
¿Qué te preocupa?
¿En qué pones tu atención?
Y empieza a darte cuenta que casi nada importa. Al menos en el buen sentido. Si no te vas a acordar del asunto en tus últimos instantes de vida, he ahí su verdadera importancia. Por eso, deja atrás esos problemas sin importancia. Si nuestra capacidad mental es un cien por ciento, es necesario liberar espacio para poder generar mejores problemas.
Empieza a usar el máximo potencial del gran procesador que traemos integrado llamado cerebro. Empieza a tener problemas bonitos. Problemas de alto nivel. Problemas que te de gusto resolver.
Lo contrario es tener problemas de bajo nivel que usualmente son puro drama y que no nos llevan a tener una mejor vida.
Yo tuve un problema bonito al decidir sobre qué escribirte hoy querido lector. ¿Y sabes qué? Fue difícil, pero espero valga la pena para que veas que no todos los problemas son iguales.
Te deseo una vida llena de problemas. De problemas bonitos.